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En el año 1922, a pedido del Monseñor Lisson, Arzobispo de Lima, El Cardenal Dennis Dougherty, Arzobispo de Filadelfia, instó a las Hermanas Siervas del Inmaculado Corazón de María a formar en el Perú un Colegio Católico de habla inglesa.

La Congregación aceptó la invitación y el 12 de diciembre de 1922, día de la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, desembarcaron las Hermanas del Puerto del Callao. El 3 de enero de 1923 en una casa alquilada de la Av. Pardo en Miraflores se instaló el Convento y lo que sería el primer local del Colegio Villa María. Muy pronto ese ambiente resultó pequeño ya que el alumnado había aumentado considerablemente y fue necesario adquirir el terreno de la Av. Arequipa para la construcción del Colegio y Convento.

El 15 de agosto de 1925 se colocó la primera piedra del nuevo Colegio, presidieron la Ceremonia don Augusto B. Leguía, Presidente de la República, y altas personalidades del Gobierno Peruano y Norteamericano. El nuevo local se inauguró el 21 de marzo de 1926 iniciándose las clases el 1 de abril del mismo año. La primera Directora fue Mother M. Cornelia. Años después fue necesario construir nuevos pabellones para la sección primaria, en el terreno contiguo de la Av. Petit Thouars.

En los años sesenta, el crecimiento excesivo del alumnado, obligó a las Hermanas a considerar la idea de edificar una nueva sede donde se trasladaría a las alumnas de secundaria, en un terreno adquirido en La Planicie. Se colocó la primera piedra el 14 de octubre de 1962 en presencia de la Madre Generala de la Congregación, Mother María Pacis I.H.M., quien vino expresamente para la ocasión.

                                

En abril de 1965 comenzó un nuevo capítulo para Villa María La Planicie, con la iniciación de las clases para el nivel secundario; tres años después se trasladaron las secciones de cuarto y quinto de primaria, hoy quinto y sexto grados.

Actualmente nuestro colegio alberga con cariño a más de 1,000 alumnas y asume con ellas el gran compromiso de formarlas como mujeres cristianas fieles mensajeras de la palabra de Dios y comprometidas con su familia, sociedad y patria.

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«Nos comprometemos a confiar en manos de la Divina Providencia el aumento de nuestras vocaciones, y a permanecer abiertos al Espíritu Santo para fomentar el crecimiento de la Iglesia tanto en América del Norte como en América del Sur.»

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